Una de las grandes preocupaciones previas a las elecciones que se realizarán en Noviembre, es el porcentaje de participación de los votantes.

De hecho, ha habido bastantes llamados por parte del gobierno, los candidatos, los canales de televisión, etc. para incentivar la participación del electorado. Existe una clara preocupación considerando, que la participación electoral en Chile es baja y por ejemplo, para las elecciones pasadas (presidenciales) la abstención llegó al 58,02%, de 13.573.147 individuos sólo votaron 5.697.524, siendo la actual presidenta elegida con 3.470.055 votos.

Expertos han señalado que dentro del marco actual, las elecciones locales tienden a tener una baja participación y han hecho el llamado que se debe facilitar la forma de votar para contar con una mejor participación. Dadas estas declaraciones, se puede apreciar que la acción de votar debe tener un “costo”, bajo la perspectiva que la persona que sufraga puede estar haciendo otra actividad que produzca un mayor valor. Situación que se demuestra en el panorama actual donde los noticieros locales entrevistaban a diferentes personas realizando actividades recreativas, y donde éstas señalaban que preferían estar en esos lugares que yendo votar. Frente a esto, nos preguntamos ¿cuál es el “costo” para el ciudadano el ir a votar?

Autores como Riker y Ordeshook han señalado que el “costo” para que una persona vaya a votar va a depender principalmente de 3 factores. El primero es el “beneficio” que obtiene uno como persona cuando el candidato (o partido) elegido gana la elección. El segundo es realmente la probabilidad de que ese candidato sea elegido y el tercero es el valor que el votante da al “deber de votar”. El valor conjunto de estos factores debe ser mayor al costo de ir a votar.

BΠ+D>C

B: beneficio que obtiene uno como persona cuando el candidato (o partido) elegido gana la elección

Π: probabilidad de que ese candidato sea elegido

D valor que el votante da al “deber de votar”

C: costo de ir a votar

Aplicando el caso a la realidad chilena, a primera vista la abstención se da porque el “beneficio de votar” es bajo por los motivos que se señalan constantemente en los medios (corrupción y clase política desprestigiada), frente a esto, el valor del “deber de votar” no supera el costo de realizar esta acción. Esto se ve complementado que en nuestro país no existe una buena educación cívica, por lo tanto, el valor del “deber de votar” ya es bajo para gran parte de la población.

Autores como Usher, de la Economía del Voto, señalan que en raras ocasiones el “beneficio de ir a votar” va a ser mayor al valor que al “deber de votar”. Además advierte que  que si existe abstinencia en votar, una parte de la población no será representada y los resultados y consecuencias políticas van a diferir si es que nadie se hubiese abstenido. Indica que la abstención masiva permite la eficacia de los pactos de votantes, entregando elecciones a grupos de personas que se pueden comprometer a votar por una causa propia en común, cede que pequeñas bandas, organizaciones o fanáticos puedan influir más, como también, autoriza a que el fraude electoral sea más permisible y peligroso. A medida que la proporción de votantes disminuye; la victoria en las elecciones finalmente va para el partido mejor organizado y financiado, en vez del preferido por la mayoría de los electores.

Finalmente, se puede señalar que se debe volver a dar importancia al “deber de votar”, como también es necesario que la clase política cambie y atraiga a la ciudanía para aumentar el “beneficio de votar” y se debe pensar cómo se puede disminuir el “costo de ir a votar” para cada persona. Sufragar, permite el reconocimiento legítimo de lo que desea la mayoría de la población e impide cualquier intento de la concentración de poder de una sola persona o partido. Como decía Platón: “El precio de desentenderse de la política es el ser gobernado por los peores hombres”.